sábado, abril 14, 2007

Un trocito de mi infancia, por favor

Gracias a unos amigos, conocimos una pastelería portuguesa que abrieron cerca de casa, en la calle Verdi justo en la cuadra encima de la plaza de la Virreina y la del Diamante.

Apenas ves la vitrina de productos realizas un viaje interior hasta Venezuela, venden algunas cositas que uno lleva guardadas en el acervo gastronómico y que por estos lados son difíciles de encontrar. La ilusión que produce ver bombas rellenas de crema pastelera o unos mini lunch (llamados aquí merienda), es inmensa, como recordar los cumpleaños celebrados en el Tolón cuando uno era niño.

Esta maravillosa pastelería se llama A Casa Portuguesa y está muy bien decorada, detalle que sí la diferencia con nuestras panaderías de siempre, todo está diseñado con mucha sencillez y buen gusto, aunque eso sí, no podía faltar una pared cubierta de distintos azulejos formando un gran mosaico, la típica decoración portuguesa. Simplemente perfecto.

La frase que da título a este post es la manera en que un amigo pidió a una de las chicas que atienden el pastel que más le recordó su niñez. Ella no entendió, es lógico que no entienda, no tiene por qué conocer el nexo total que existe entre los venezolanos y la panadería portuguesa que en gran parte es también totalmente nuestra.

A Casa Portuguesa

Carrer Verdi, 58. Barcelona

miércoles, abril 11, 2007

La vida es dura, después te mueres

“La vida es dura, después te mueres” es una frase del último libro que leí y me parece fantástica para definir la existencia en momentos depresivos, porque es simplemente verdad. Pero en esto que escribo, aunque pueda parecer lo contrario, no interesa en lo más mínimo el libro que terminé hace unos días, ni la depresión; mi punto es la manera de asumir las dificultades y de vivir la vida.

La vida es complicada y más aún cuando hechos negativos o personas, algunas de ellas ciertamente poseídas por el demonio, trastocan nuestra existencia y nos hacen entrar en una tristeza profunda y, a la vez, en interrogantes estresantes. Las típicas preguntas ¿Por qué a mí? Y ¿En qué me equivoqué? No paran de repetirse en la cabeza e incluso aparecen afirmaciones bastante descabelladas como por ejemplo “me lo merezco por tal o cual cosa”; en fin, reniegos y cuestionamientos que nos hunden más en la miseria. Siempre se plantea también la posibilidad de que fuerzas sobrenaturales y desconocidas sean las causantes de tanto dolor, que seamos castigados por las inclemencias del destino.

No sé si por fuerzas sobrenaturales, azarosas, gente desquiciada o por qué, pero podemos estar seguros que siendo buenos o no tanto, los golpes nos llegan a todos por igual, a unos más duros que a otros, no hay distinción entre quiénes se merecen los malos tragos y quiénes no. Todo el mundo recibe lo suyo. Teniendo esta certeza se podría llegar a la conclusión de que si vamos a salir trasquilados por igual entonces no vale la pena intentar ser amables, justos y luchar por un mundo mejor, por el contrario, la posición ideal sería (por cierto, elegida como la posición #1 en occidente en el siglo XXI por su comodidad) la de cerrar los ojos ante las cosas menos bonitas y “vivir” la vida; ojos que no ven, corazón que no siente. Gran error, lógica cadena de pensamientos pero totalmente equivocada, porque ante la gran verdad de que la vida es dura y después te mueres, que las cosas malas nos caen incluso corriendo lo más duro posible en la dirección contraria y aunque no sea justo que te hagan daño, siempre será más fácil superar la sensación de impotencia y frustración, y el terrible miedo a sufrir y sentirse totalmente desprotegido, sabiendo el profundo bienestar que produce un buen gesto, el compartir lo que tenemos, una sonrisa, un abrazo y una mirada cómplice de algún súper héroe anónimo de los que te consigues en la calle intentando ayudar a la humanidad convertida en rebaño que no se da cuenta que vive en una terrible situación de enajenación de lo que es estar aquí, en el mundo.

La vida es dura, pero puede no ser patética.