Pequeña historia de una inmigrante venezolana en el "primer mundo"
Después de casi un año de residencia legal en España, me tocó el turno de renovar mi tarjeta de residencia. Me preocupaba poco el trámite, tenía todos los requisitos; en realidad tenía prisa para hacer reagrupación familiar, pero esa es otra historia. En febrero metí todos mis papeles y como estoy en el primer mundo, esperaba tener mi respuesta en un mes. Pero ¡Oh, sorpresa!, después de 7 meses aún no me habían dicho nada, llamé muchas veces a información y no decían nada, llegué a pensar cualquier cosa, incluso que habían abducido al funcionario que tenía mi expediente, cosa que lo hacía convertirse en un Expediente X. Esa idea me gustaba mucho. Por fin en octubre, 8 meses después de meter los papeles, llegó la respuesta, eso sí, diciéndome que en menos de un mes tenía que completar otra cantidad de requisitos, dónde se incluía que mi empresa pagara un impuesto de casi 200 euros por tenerme contratada y una pequeña lista de etcéteras tontos.
El viernes 13 de octubre que tuve libre por haber trabajado el 12, decidí invertirlo en ir a renovarme el NIE, pero resulta que después de una hora de hacer cola, llega un policía y nos bota: ya no hay más números, no atienden a más personas. Aquel día no le di mucha importancia, en realidad estaba pensando en mil cosas que me importaban más que esto, pero he debido prestar más atención, estaba pasando algo y yo no me estaba enterando. Finalmente, el miércoles siguiente me enteré de todo: La cola era absurda y no había suficientes funcionarios para la cantidad de gente.
Ese día, el miércoles, me levante a las 4 de la mañana para llevar a Pedro al aeropuerto, cuando a eso de las 5 de la mañana pasamos por enfrente de la oficina de Balmes donde tenía que hacer el trámite y ya había una cola de casi dos cuadras. No me lo podía creer. Pero ingenua yo pensé que era esa gente que le gusta hacer cola, cosa que nunca he entendido. Llegué a la casa otra vez a las 6:15 y me dormí, a las 8:30 me voy a hacer mi cola, la oficina no abre hasta las 9 y supongo que no vale la pena ir antes. Ya la cola es de 4 cuadras.
Armada con un libro y mi música me lo tomo, en principio como mucha calma, la gente a mi alrededor comenta que no podremos pasar, no entiendo de qué hablan. Qué ilusa. Me llaman de la oficina y les digo que hay mucha cola que me imagino que al mediodía ya podré ir. Qué ilusa. Empieza a llover, no hay dónde esconderse, compartimos los paraguas entre todos los de la cola, totales desconocidos, pero buenos compañeros de espera. Llega la hora del almuerzo, me estoy partiendo del hambre, tengo la gran suerte de que una amiga me pasa buscando para comer y mis compañeros me guardan el puesto, me dicen: Ve ahora y cuando vuelvas me cuidas el puesto a mí. Como apurada, no vaya ser que ya estén por entrar. Qué ilusa. Vuelvo a mi cola, a las 4 de la tarde tengo una visita de obra importante, hablo con mi jefe y le explico que después de tanta cola si me voy no podré hacer el trámite, me dice que no me preocupe, él me sustituye. Se lo agradezco mucho. Empieza a haber nerviosismo en la cola, no camina y se acerca relativamente la hora del cierre, estamos a una cuadra, ¿podremos entrar o no?. Sigue lloviendo intermitentemente, tenemos los pies y los pantalones empapados. A las 7 de la noche nos dicen que no atienden más, nos quedamos a las puertas. Era increíble. Unos chicos de la cola deciden quedarse hasta el día siguiente, no me lo puedo creer. Yo no me puedo quedar estoy derrotada física y anímicamente. Decidimos con el policía de guardia hacer una lista de los quedamos allí, la gente que se queda nos ofrece guardarnos el puesto con tal de que lleguemos temprano, es decir, a las3 o 4 de la mañana.
Sin podérmelo creer todavía, me aparezco el jueves a las 4 de la mañana por allá. Pues allí estaban, todavía mojados y sin haber dormido. Logramos entrar a las 9 y pico de la mañana y se acabó la pesadilla. Todo gracias a estas personas desconocidas para mí que me hicieron un gran favor. Realmente les doy las gracias aquí. Son unas grandes personas.
En esa cola conocí a todo tipo de personas, de muchos países y de muchas maneras de ser. Pero todas tenían algo en común: ser unas grandes personas y estar llenos de ganas de echarle bolas a la vida y de trabajar.

