Una historia normal. La mejor de todas.
Recuerdo perfectamente la primera vez que te vi, aunque tuve que atar cabos después de conocerte para conectar ese recuerdo contigo. Estabas parado detrás de mi: me acuerdo del lugar, el ambiente que había y lo que pasaba; te vi durante dos o tres segundos, no recuerdo nada especial, pero llama la atención que sólo te recuerdo a ti siendo que había otras personas detrás de mi.
Por casualidades de la vida y, porque Caracas es un pañuelo, unos meses después te conocí, llamabas poderosamente la atención, siempre has tenido esa especie de imán indescriptible que hace que la gente te recuerde. En aquel momento lo que más recuerdo es que actuabas de una manera que me intimidaba, me ponía nerviosa. Yo estaba conociendo un “mundo” nuevo donde tú te movías con total comodidad y del que yo no me sentía parte.
Con tus comentarios insoportables y al mismo tiempo, tu interés por conocerme empezaste a ser parte importante de mi vida. La persona por la que te conocí pasó rápidamente a segundo plano y tú llenaste mi tiempo libre. Recuerdo con nostalgia las conversaciones por teléfono a medianoche: yo, acostada en mi cuarto con las luces apagadas y hablando en voz baja para no molestar y tú, con tu guitarra, en la terraza de tu casa. No sé de qué hablábamos, no es importante, lo maravilloso era poder hablar cada noche de cualquier tema y pasar así horas. Siempre había algo que preguntar o comentar.
Otro gran recuerdo es cuando empecé a buscarte como loca por tu escuela y cuando, por fin te conseguí, corrí hacia donde estabas, sin importarme que pareciera una loca y que para colmo que estuvieras acompañado, sólo para enseñarte que me había cortado el pelo. Fue absurdo y fascinante. Nadie me podrá quitar nunca que soy una persona encantadoramente impulsiva. Ese día se demostró que ya me tenías atrapada.
Tengo muy claro lo que me gustaba de ti: sabías muchas cosas de las que yo no tenía ni idea, eras independiente, eras cómico y, cósmico también, no te importaba ninguna de esas cosas a las que uno suele darle importancia cuando en realidad no la tienen, te acercabas a mi de una manera transparente, me sentía totalmente cómoda contigo, en resumen, te admiraba. Ahora, qué te gustaba de mi, no lo sé; es algo que me pregunto a veces, no porque no crea tener cualidades para gustarle a alguien sino porque no sé exactamente qué te gustaba de mi.
Nunca hubo presión de ningún tipo, éramos amigos y éramos felices. Nos bastábamos y nos sobrábamos. Teníamos todo el tiempo del mundo y por lo menos yo, no me planteaba que cambiaran las cosas. Mis amigos me decían que me diera cuenta que estaba enamorada de ti, pero yo siempre decía que estaban equivocados, que esa necesidad que tenía de estar siempre contigo y hacerlo todo juntos era por simple amistad. Tú tampoco te veías interesado en que nuestra situación cambiara y… yo no estaba enamorada de ti si tú no lo estabas de mi y ya está, problema solucionado.
1 de diciembre de 1995. Tu cumpleaños. Ese día las cosas empezaron a cambiar rápidamente. Yo estaba emocionadísima por ir a tu fiesta, sabía que iba a estar llena de “tu mundo” que seguía siendo un desconocido para mí, y tenía muchísimas ganas de meterme, verlo, sentirlo y formar parte de él. Después de pasar más tiempo de lo normal arreglándome, me fui para allá con mi gran amiga en aquel momento. Apenas llegué te vi, te alegraste mucho de que estuviera ahí, te felicité y te di un regalo que no recuerdo cuál fue y que hace poco estuvimos intentando recordar. Había muchísima gente en esa casa genial, me agarraste de la mano, me dijiste que querías que conociera a algunas personas y empezamos a dar vueltas por todo el jardín, todos fueron súper chéveres conmigo, yo estaba feliz. Incluso me enseñaste de lejos la chica que te gustaba, en el momento me encantó que te gustara alguien, total, nosotros pasamos toda la noche juntos. Nada era más importante.
Esa chica de tu cumpleaños lo desencadenó todo. Otra fiesta. Por supuesto, no estoy invitada, es de ella y no la conozco. Todo está listo, te montan una encerrona que te encanta, los dejan solos y pasa lo inevitable.
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, valga recordar que era una comida familiar, suena el teléfono y eras tú, muy contento me cuentas la fiesta y me hablas de tu nueva novia. Se me cayó el mundo. Me di cuenta que eras mi amigo y mil cosas más. Pensé que te perdía. No recuerdo qué te dije exactamente, pero recuerdo muy bien que lo que dije sumado a mis lágrimas, delataron todos mis sentimientos hacia ti. ¿Te reíste? No me acuerdo. Te tiré el teléfono.
Disfrutaste muchísimo con mi reacción.
Volvimos a hablar, me aseguraste que nada cambiaría y cumpliste tu palabra. Pero los dos sabíamos que ya todo estaba dicho, era muy raro. Me iba de vacaciones en apenas unos días, estuvimos todo el tiempo juntos, incluso más que antes. Ella estaba presente en nuestras conversaciones, pero la verdad, no en nuestras vidas o por lo menos, no en la mía. No estoy segura de que habláramos del futuro, no creo que nos hayamos planteado nada en especial, quizás hablamos de mi “declaración de amor” absurda, realmente no lo sé. El día antes de irme te intenté besar, no me dejaste.
Volví de vacaciones apenas dos semanas después y, como era de esperar, todo estaba igual, seguías con ella. Lo único que había cambiado era nuestra actitud y la de tus amigos: nosotros sabíamos que teníamos que estar juntos, ellos pensaban que ella era un pegoste, por consiguiente, teníamos que estar juntos. Había una especie de atmósfera que nos envolvía y nos separaba del “pequeño inconveniente” de tu relación con ella, la única ajena a todas estas vueltas, la única perjudicada por nuestra amistad convertida en algo más sin darnos cuenta.
Con todo el sentimiento de culpa posible, que aún a veces te persigue, hablaste con ella y terminaron.
No hicimos nada, todo permanecía igual. Un día, como casi todos los días te busqué en tu casa, no hicimos nada en particular, lo mismo de siempre, la diferencia estuvo en nuestra conversación, forzosamente larga y tranquila gracias a una cola interminable. Discutimos y analizamos con la mayor tranquilidad y sangre fría, las opciones que teníamos y las cosas que arriesgábamos por tomar una u otra decisión, la conversación nos llevó a un maravilloso beso en medio de un lugar inhóspito, en una cola absurda y con el calor típico del lugar en cuestión. No hablamos más del tema aunque no estaba todo dicho.
Nuestra rutina continuaba igual. Yo no sabía qué pensar, tenía una gran incertidumbre por saber qué estaba pasando o por lo menos por ponerle un nombre a lo que estaba pasando. Tú estabas mucho más claro, incluso un día echándome broma me dijiste que si seguía así terminábamos. Así que habíamos empezado, no lo sabía. Me alegró saberlo.